viernes, 16 de octubre de 2009

¿ Por que juegas al Rugby ?.


Esa es la pregunta que muchos de nosotros nos hemos echo alguna vez. Después de sentarme unos segundos en el sofá y tras dar un profundo trago a mi Guinness, mientras disfruto de un Toulouse & Sale Sharks, analizo y pienso cual es la respuesta. De este momento, sale este pensamiento en voz alta:

La mejor forma de explicar por que juego al Rugby o mejor dicho, por que amo este deporte, no es otra que explicar que se siente al jugar un partido.
Son las seis de la tarde de un frío Sábado de Octubre, esa especie de neblina invade el terreno de juego, o como otros muchos dirían, el campo de batalla (aún sigo disfrutando del símil, que hacemos, entre un partido de rugby y aquellas famosas batallas desarrolladas en los campos de Escocia, batallas como la del Puente de Stirling donde los hombres de Andrew de Moray y William Wallace derrotaron a los ingleses comandados por John de Warenne, VII conde de Surrey y Hugh de Cressingham).
Pues tal y como decía, el campo sigue helado, mientras en el vestuario el silencio y la tensión se pueden cortar. Las miradas, serias, los ojos de algunos denotan nerviosismo, otras tensión, las mejores, las de complicidad entre un grupo de hermanos, por que la verdad es que no somos un equipo, en ese momento nos convertimos en hermanos de sangre. El silencio, solo se ve interrumpido por el ruido de los tacos al golpear contra el suelo, frases cortas, algunas de aliento ( sobre todo a los nuevos), otras con las ultimas consignas. Segundos antes de salir al campo, la voz de los lideres del equipo ( la vieja guardia, los veteranos ) arengando al grupo, esas palabras que te hacen salir de esa especie de letargo. En esos segundos, el corazón bombea más sangre, la respiración se acelera, la sensación es indescriptible, aveces tengo la sensación que la adrenalina nos saldrá por la boca, cual espuma de perro rabioso. A llegado la hora, ¡VAMOS!, se abre la puerta y nos lanza el mas veterano con un caluroso golpe en el pecho, ¡justo lo que necesitamos para terminar de entrar en el partido!.
Uno tras otro vamos entrando en el campo, giras tu rostro, tu mirada ( esta vez de bestia parda, con ganas de sangre ) intenta intimidar otra mirada que desde otra parte del campo te examina. Recuerdo que en mis primeros partidos, todos los contrarios me parecían enormes, con el tiempo y tras unas cervezas, compruebas que el, tu enemigo en el campo, pero amigo fuera de el, sentía lo mismo cuando te vio pisar el campo.
Después de los primeros segundos en el campo, ya solo deseas escuchar el pitido de inicio, para salir tras el oval y realizar el tackle perfecto, llegar justo en el momento que tu rival atrapa el oval y pone un pie en el suelo, justo en ese momento, metes los riñones, metes el hombro e intentas desencajar hasta el ultimo de sus huesos, pero eso amigos no ocurre siempre, la mayor parte de las veces eres tu el que recibe el cariño y la caricia de ese grupo de hambrientos.
La diferencia con otros deportes es muy importante, este es uno de los pocos deportes donde existe realmente el termino camaradería y compañerismo. Son incontables las veces que alguno de mis compañeros ha recibido algún golpe dirigido contra mi, o viceversa, la de veces que ha repartido el, alguna que otra caricia a los contrarios. Pero lo que realmente poca gente entiende, es como después de practicamente dejarnos la cara en el campo somos capaces de irnos a tomar unas cervezas con el equipo contrario. Ese tercer tiempo donde analizamos, comentamos momentos del encuentro disfrutando de litros y litros de cerveza. Eso es lo que hace mas grande a este deporte y no me refiero a la cerveza, sino a la capacidad de diferenciación, entre lo que sucede en el campo y fuera de el.
No obstante si que me gusta comentar una cosa, cuando uno entra en un campo de rugby y coge un balón oval con sus manos, nunca más dejará de ser jugador de rugby.
Ahora me gustaría recordar un articulo realizado por el Gran Mario Ornat, para su blog personal y que describe fielmente como somos ó son algunos de los que amamos el rugby.

Cualquiera que haya jugado al rugby sabe que es peligroso ir a ver un partido de los amigos si éstos andan escasos de gente. Porque si los amigos tienen poca gente, sobre todo lo que no tienen es ninguna conciencia. Da igual que el afectado no lleve pantalón ni botas. O que le duelan el pie y un hombro. O que esa noche no haya dormido: antes de que se dé cuenta le habrán encontrado calzón, cualquier zapato y calcetines sucios para que complete el equipo... magullando su voluntad y, después, su cuerpo. Y jugará el partido. Este anómalo comportamiento se hunde en la noche de los tiempos y se practica en cualquier nivel del rugby.
Por eso cuando uno juega al rugby o lo ha hecho, viene a ser como un Policía o como el ejército: está siempre de servicio y jamás se retira del todo. Si acaso pasa a la reserva, y ha de permanecer atento por si cualquier tarde de sábado -o peor, una de esas mañanas de domingo- lo llaman a filas o es reclutado a la fuerza para vestirse de corto. Así que, igual que los agentes del orden salen a la calle con su arma reglamentaria en el sobaco aunque vayan a la bolera con la mujer y los chicos, el jugador de rugby siempre ha de tener las botas a mano, a ser posible en el maletero del coche o incluso detrás del asiento del conductor, con lo que directamente puede meter los pies, entrar al campo y estará listo para bailar un zapateado en la espalda de un desconocido a la salida de un ruck.... A la hora de viajar, vaya uno donde vaya, las botas tienen que ser el segundo artículo del equipaje, justo después del cepillo de dientes y antes de los tapones para los oídos. Hay que llevárselas sea cual sea el destino y la naturaleza del viaje, incluso y sobre todo al viaje de novios y no digamos a los de negocios. Porque un partido de rugby salta allí donde menos lo espera uno.
La única diferencia con los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado es que, mientras está de servicio, el jugador de rugby puede beber cuanto quiera, salvo que tope con un entrenador demasiado ordenancista o con una visión distorsionada del juego. De hecho, no será raro que los propios compañeros lo animen al alcohol, porque muchos de estos fenómenos son aún mejores cuando juegan beodos o con una desaforada resaca. De todos los jugadores de rugby que he conocido en mi vida, los que más respeto y admiración me han merecido siempre son aquellos capaces de emborracharse no después de los partidos, que no tiene mérito aunque para todo hay que tener una prestancia, sino sobre todo antes de los partidos. Conviene tener claro que este tipo de hombres son superdotados, así no más, de forma que su comportamiento tiende a ser genialmente errático. Desde luego, no van a responder al teléfono cuando los llames para ir a jugar, por eso el capitán o alguien con autoridad en el grupo debe guardar una copia de la llave de su casa, cosa de no tener que echar la puerta abajo ni colar a un ala liviano por el hueco de la ventilación. Además, si el tipo es delantero (lo más probable es que hablemos de un primera o segunda línea), conviene que quienes vayan a buscarlo pertenezcan también al paquete y hayan pasado muchas noches con él en circunstancias similares. La confianza resulta fundamental, porque los muchachos pueden ponerse violentos en el instante de despertar y hay que aguantar el embate. No se les puede culpar si presentan una reacción desmesurada.
Una vez los sacas de la cama, jamás hay que darles de comer. Puede ser fatal para la posterior suerte de todos los implicados. Conviene vestirlos con la misma ropa de la noche anterior y un abrigo ligero, para que no se apolillen en el viaje. Después los metes en el coche, en el asiento de atrás, con espacio suficiente para que se desperecen y retocen en su propia mugre interior, porque en general a esas horas se comportan con la gracilidad de un saco de patatas viejas. El trayecto, dure lo que dure, ha de hacerse con las ventanillas abajo, aunque afuera esté helando: ningún cristiano es capaz de aguantar sin desmayo el efluvio enfermo que emerge de esos cuerpos. Si los superdotados tienen alma, han de ser almas hediondas, es verdad. Pero se trata de nuestros amigos y lo más probable es que lo corroboren atizándole un puñetazo artero al que nos mire mal en el campo. Así que nada de juicios higiénicos. Una vez en el vestuario, hay que dejarlos tranquilos, hablarles poco, no recordarles su estado y por supuesto abstenerse de hacerles consideraciones morales acerca del compromiso con el deporte, la salud, la edad o ese tipo de cosas. Bien al contrario, se les debe permitir todo el tiempo necesario para cambiarse y, por encima de todo, no pedirles jamás que den un paso en el calentamiento, hagan progresiones o se arriesguen a intentar una flexión cuerpo a tierra. Ellos calientan al trote, sin cambios de ritmo y sin necesidad de espasmos musculares. La ciencia lo ignora todo acerca de cómo se engrasan esas maquinarias de músculo, espesa sangre y grasa sedienta. Ese tipo de seres humanos se regulan por sí mismos, y lo hacen maravillosamente bien. En cuanto se ponen la camiseta les crece una imprevista creatividad con la pelota, se vuelven peligrosamente explosivos, elevan su umbral de dolor hasta lo inhumano y, sobre todo, les huele la boca a fiemo. Y eso, en una melé,siempre ayuda mucho.

Articulo del blog, http://ornat.blogia.com/temas/historias-del-rugby.php escrito por uno de los hermanos Ornat, o como se define el (Somniloquios es el diario no diario de Mario Ornat, deportista frustrado y periodista en vías de frustración. Zaragocista y Aragonés.)

Dedicado a esos viejos amigos que cada Domingo se calzan las botas de manera profesional o simplemente por el gusto de compartir momentos inigualables con un balón oval en las manos.

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